Registrado: 16 Feb 2007 Mensajes: 403 Ubicación: Planeta Azul
Publicado: Mie Abr 18, 2007 1:15 amAsunto: Relato del mes de marzo en www.tusrelatos
Perder la cabeza
Nicolás Ruiz
(nicolas.ruizcampubri@gmail.com)
Saben; adoro las cajas, los cubículos, el resquicio. No me pesa reconocerlo, ni las opiniones del gentío. Mi amada lo sabe y lo respeta; qué más podría importarme. Ya tuve problemas de complejo cuando aún joven me acosó la alopecia, y he jurado solemnemente que jamás volveré a pasar por eso. Cajas de cartón, maletines, cubos de plástico, cajones de ropa. Es igual. Veo uno y me puede la curiosidad de saber qué carajo acontecerá allí dentro.
Puedo llegar a perder el juicio por tres razones: Mi amada, las cajas y el tabaco.
Introducirse en estos reductos domésticos requiere una habilidad y concentración derivados del estricto entrenamiento. Al poco de contraer matrimonio desarrollé un depurado programa de ejercicios: Técnicas respiratorias, contorsión, flexibilidad y reducción corporal. Justo lo necesario. Por suerte mi físico nunca ha sido problema. En contraste con mi amada soy asténico y bajo, de corta envergadura. Tanto es así que en fiestas y recepciones nuestra disparidad es eje de miradas y comentarios. ¿Robusta ella, menudo él?
Huelga decir que nuestro amor está por encima de trámites físicos. Jugamos con el candor conseguido a partir de la comprensión, el detalle, la fidelidad y alguna que otra agradable sorpresa. La reflexología, la redacción de notas sobre amor, generosidad a la hora de fumar o degustar un postre, son otros factores en desuso que también inducen la chispa de la pasión.
Llámenme clásico, pero durante estos años me he llegado a preocupar por tanto cigarro consumido tras hacer el amor.
Mis ambiciones han ido saltando del baúl que acoge la máquina de coser al cilíndrico cubo de fregar. De la caja donde ella guarda las botas de charol a su bolso de mano.
Corrió la voz e incluso varios circos ambulantes se interesaron por mi trabajo en el campo de la contorsión. No soy hombre nómada y la vida de casado resulta incompatible con lo que un circo brinda, por lo que rechacé hasta tres jugosas ofertas. Eso sí; acabé actuando por amor al arte. Aunque de manera esporádica, siempre es agradable mecerse entre los aplausos de un público que te ve entrar y salir de una chistera como si lo difícil consistiera en aguardar fuera de ella.
De esta manera mi amada quedó tranquila. A su modo de ver yo había prorrogado mi gran sueño por nuestro amor y eso la conmovía hasta el límite de la culpabilidad.
Así pasó el tiempo, los cigarros, las cajas.
Con motivo de nuestro sexto aniversario me sedujo la idea de una escapadita romántica a Berlín: conocer la ciudad y asegurar el banquete carnal. Por entonces mi técnica había llegado a límites tan insospechados que era capaz de inmiscuirme con éxito en pitilleras de plata a medio llenar. Incluso los medios se interesaron.
-¿Por qué lo hace? –me preguntaron en una entrevista. Sonreí al presentador; era la primera vez que me interrogaban sobre el por qué y no sobre el cómo.
-Me resulta agradable. Acogedor.
-¿Acogedor? –agitaba la pitillera con sarcasmo.
- Exactamente.-dije- El calor de mi propio aliento, el cuerpo replegado sobre si mismo en un pequeño lugar donde sé que nadie intentará buscarme. Me siento protegido.
Tras la entrevista se habló mucho. Demasiado. Alguien enunció la hipótesis de lo que buscaba en realidad era volver al confort del ambiente amniótico. Yo me reía de toda aquella parafernalia. Finalmente una editorial se interesó por mí. Me propuso escribir un libro sobre contorsión y reducción corporal en el que hilvanaría anécdotas para enganchar al lector. Fui refractario a la idea en un principio, mas de parca probidad sería omitir que, al igual que los aplausos del público, no me suponía una satisfacción recibir tantos halagos y proposiciones.
La suma ofrecida era importante y pasados unos días ella me hizo prometer que lo pensaría. Cedí.
-Está bien, cariño. –Dije- Pero lo pensaré en Berlín.
-¿Berlín?
Nuestra fuga a Berlín estaba resultando un éxito y la distancia me había ayudado a reflexionar sobre la posibilidad del libro. Hacia el ecuador del viaje dimos con la cafetería “Zarata” que hacía esquina en el distrito de Mite, a un par de manzanas donde nos alojábamos. El local no tenía mucho de especial, pero el trato que nos brindaron fue exquisito, e incluso al descubrirnos como nuevos clientes tuvieron la amabilidad de obsequiarnos con una caja de cerillas. Incendiamos unas cuantas en el mismo café, prendiendo cigarrillos. Quizá esa tarde fumé más de seis sólo por pretextar la cajita entre mis manos. Quedé prendado.
Luego nos amamos en el hotel con una pasión desmedida, hercúlea, casi desesperada, cómo si los dos supiéramos de antemano que iba a ser la última. En un interludio mi amada desapareció tras la puerta del baño. Me tendí desmayado en la cama extendiendo exageradamente los brazos. Le voy a decir que escribiré el libro, pensé, qué mejor momento que ahora. Moví los dedos y toqué la caja de cerillas. Se lo diré gastándole una broma de esas que tanto celebra. Saldré de la caja de cerillas.
No fue fácil, nunca lo es. De gran ayuda resultó el estado de relajación en que el cuerpo se sume tras un acto amoroso. Tras varios intentos de prueba conseguí mimetizarme entre las cerillas, descubriendo que ellas no titubean antes de su ejecución.
Para cuando abandonó el bidet yo había desaparecido. Sobre la cama una caja de cerillas. Me debió suponer en algún armario o cajón, urdiendo alguna erótica trama, y sentada en el colchón no hizo más que esperar con una predispuesta sonrisa de sorpresa. Mientras, mi calva se fundía en un color bermellón, tal era el esfuerzo; y mi cuerpo, un fideo entre cerillas, se volvía pálido. Estaba al límite de mis posibilidades, temiéndome herido grave.
Al fin ella, sin saber, abrió la caja en un extremo dramático. Lo único que pude ver fue su boca sujetando un cigarrillo. El de después, que decíamos con un ansia adolescente. Me agarró entre sus dedazos de angelote y tan débil me sentía que no encontré fuerzas para descomprimirme. Ella acusó el peso de la supuesta cerilla, claro, pero igualmente me alzó aéreo sin que nada pudiese hacer en su contra.
Quienquiera que use cerillas sabrá de ese ruido que sobreviene cuando la cerilla elegida no prende al frotar sobre el rastrillo. Se prueba una y otra vez, con una saña homicida, hasta que finalmente la cabeza de fósforo cede y salta en fragmentos.
Sólo perdería la cabeza por tres razones: mi mujer, cajas y el tabaco. _________________ Dios es la verdad absoluta e incontenible
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