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¿EXISTIÓ O NO AL PRINCIPIO DEL MUNDO?

 
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MensajePublicado: Sab Abr 21, 2007 12:31 pm    Asunto: ¿EXISTIÓ O NO AL PRINCIPIO DEL MUNDO? Responder citando

¿EXISTIÓ O NO AL PRINCIPIO DEL MUNDO?

Enviado por A. Alvarez

Preguntas que molestan
¿Es cierto que los primeros hombres gozaban de privilegios asombrosos en el Paraíso: no sufrían, ni se fatigaban, ni morían, y tenían una inteligencia superior? Pero si eran tan perfectos, ¿cómo no se dieron cuenta de que pecando perdían todo lo que Dios les había dado? ¿Cómo fue que cayeron en la primera oportunidad que tuvieron?
¿Es posible que Dios se enojara tanto en el Paraíso, y mandara a los primeros hombres los tremendos castigos que leemos en el libro del Génesis (3,14-19), sólo por haber comido una fruta? ¿Y qué pensar de una serpiente que habla?
Si Eva no hubiese comido aquella fruta, ¿el parto de la mujer sería ahora sin dolor? ¿Y las serpientes volarían en lugar de arrastrarse? ¿Y andaríamos todos desnudos sin avergonzarnos? ¿Seríamos inmortales, y no habría desiertos sobre la tierra?
Si, como cuenta la Biblia, el Paraíso Terrenal continuó existiendo después de la expulsión de Adán y Eva, ¿es posible hallarlo hoy, como sostienen algunas revistas científicas? ¿Podemos encontrar a los querubines que vigilan su entrada, con espadas de fuego para que nadie pase?

Podemos seguir creyéndolo?
Muchas de estas preguntas nos han preocupado alguna vez, al leer en el Génesis el relato de Adán y Eva. Hay personas que se avergüenzan de tener tales dudas. Otras temen ser irrespetuosas con la Biblia si se hacen ciertas preguntas. Y están quienes piensan que sólo se trata de un cuento al que no hay que prestarle mayor atención.
Sin embargo el relato del Paraíso (Gn 2 y 3) tiene una gran importancia dentro de la Biblia, puesto que trae la respuesta a uno de los interrogantes más angustiosos que el hombre se hace: de dónde viene el mal en el mundo. Pero sólo interpretándolo correctamente, podremos descubrir en él la inmensa riqueza de mensaje que encierra.
¿A qué se refiere la Biblia, cuando cuenta lo que sucedió en el Paraíso Terrenal? Hoy en día todos los estudiosos enseñan que la Biblia no pretende describir aquí unos sucesos reales, ni unos hechos históricos que ocurrieron al comienzo de la humanidad.
El autor de esta página fue un catequista judío, a quien los estudiosos llaman «el yahvista», y que alrededor del año 950 a.C. tomó conciencia de unos hechos gravísimos que sucedían en la sociedad de su tiempo. Había descubierto que las cosas funcionaban mal, y que se había arribado ya a una situación muy peligrosa. Se estaba viviendo un estado tan desastroso y desolador, que si no se hacía algo pronto, él, su familia y todo el resto de la sociedad terminarían mal.
Frente a esto, el yahvista, iluminado por Dios, decide escribir el relato de Génesis 2-3, no para dar detalles sobre los orígenes del hombre, sino con el fin de alertar a los lectores de su época sobre tales problemas y aportar alguna solución.

Amor y embarazo
¿Qué es lo que había descubierto el autor y que tanto le preocupaba? Había constatado que ciertas realidades de la vida, que deberían ser motivo de alegría para todos, eran más bien causa de sufrimiento y de dolor. Tal vez muchos ni se daban cuenta, o las consideraban como algo natural e inevitable. Él, sin embargo, ya no las soportaba, y se revelaba ante esta situación.
Empezó a hacer una lista de estos males que iba descubriendo. En primer lugar tenía una esposa, igual que sus vecinos y amigos. Y vio que algo tan bueno y hermoso como el matrimonio, en la práctica era un instrumento de dominación. La mujer se sentía atraída por el marido, pero él la consideraba un ser inferior, la privaba de ciertos derechos, la trataba como a un objeto. ¿Por qué esa ambigüedad del amor? Y escribió: «Hacia su marido va la apetencia de ella, pero él la domina» (Gn 3,16).
En segundo lugar, había visto cómo los embarazos de su mujer la esclavizaban y aumentaban sus sufrimientos. Más aún, había presenciado el parto de sus numerosos hijos, y en cada uno había visto gemir y padecer a su mujer inexplicablemente. ¿Por qué la llegada de una nueva vida, motivo de alegría para el hogar, se hacía en medio de tantos dolores? Y escribió: «Tantas son sus fatigas cuantos son sus embarazos. Con dolor debe parir los hijos» (Gn 3,16).

El trabajo y los animales
También había descubierto como cada mañana, al salir a trabajar para proveer su sustento y el de su familia, el trabajo era causa de grandes sufrimientos. Muchas veces llegaba a su casa al caer la tarde, cansado y dolorido, sin haber obtenido mayores frutos de la tierra árida, pobre y estéril de Palestina. ¿Por qué tanto sudor y fatiga? Y continuó con su lista: «Con fatiga hay que sacar del suelo el alimento todos los días de la vida. Se come el pan con el sudor de la frente» (Gn 3,17.19).
¿Y la tierra? Parecía maldita. Debía producir alimentos para el hombre, y en cambio sólo daba abrojos y espinas. Por más que el hombre la labraba, ella se resistía. ¡Cuánto le costaba sacar de allí un poco de comida para sus hijos! Y anotó: «El suelo está maldito... Espinas y abrojos produce, y hay que comer la hierba del campo» (Gn 3,17-1Cool.
Hasta los animales le resultaban hostiles. Cuántas veces él mismo, al salir de cacería o paseando por el campo, se había visto atacado imprevistamente por una serpiente, o un león. Quizás algún conocido suyo había muerto embestido por una fiera. ¿A estos seres inferiores no los había puesto Dios al servicio del hombre? Parecían, en cambio tener una enemistad a muerte con él. No podía confiarse de ellos. Eran una amenaza para la vida humana. Entonces siguió escribiendo: «Hay enemistad entre la serpiente y el hombre, entre su raza y la de él» (Gn 3,15).

Un Dios que daba miedo
Y su misma vida le resultaba ambigua. Todo su ser gritaba: ¡quiero vivir!, pero la muerte lo acechaba, inevitablemente, en cada esquina. Nadie podía escapar de ella. Tal vez había visto morir ya a sus padres, a algún íntimo amigo, a un hijo. ¿Por qué el final de la existencia era tan trágico y doloroso? ¿Por qué había un germen de muerte encerrado en cada vida, proyectando un velo de luto sobre todas las alegrías? Y anotó: «El hombre vuelve al polvo del que ha sido formado. Porque es polvo y al polvo vuelve» (Gn 3,19).
Finalmente, su propio Dios y amigo era ambiguo. Pensar en Él, estar con Él, hablar con Él, debería ser motivo de gozo y alegría. Sin embargo muchas veces Dios le daba miedo. Su presencia lo asustaba. Temía sus castigos, y por eso en ocasiones se escondía y huía de Él. ¿Por qué tenerle miedo a Dios?, se preguntaba, mientras escribía en su relato: «Oigo sus pasos en el jardín y tengo miedo. Por eso me escondo» (Gn 3,10).
Y de esta manera, el autor del relato concluyó la lista de males que encontraba en la experiencia cotidiana de su vida. Una vida familiar, hecha de amor y fatiga, de casamiento y de dolores de parto, de tierra seca que debe ser sembrada y sudor en los ojos, de animales que amenazan, de vida y de muerte, de presencia de Dios y de religiosidad basada en el miedo.

El gran descubrimiento
Y el autor sagrado al llegar a este punto se preguntó: ¿por qué sufrimos todos estos males? ¿De dónde han salido? Está convencido de que de Dios no pueden venir. Su fe le enseña que Él es bueno y justo, que quiere el bien de los hombres, y que nunca habría puesto como parte de la creación estas desgracias.
Quizás oyó muchas veces a amigos y vecinos decir: «¡Paciencia, hay que soportar. La vida es así. Es la voluntad de Dios!». Pero él se revelaba. Sería el último en buscar en Dios y en su religión un justificativo para una falsa paciencia, que pacte con esta situación de dolor. En esto él discrepaba incluso con las otras religiones, que atribuían todos los males a la acción directa de Dios. Para él no. Lo que estaban sufriendo todos no podía tener la aprobación de Dios.
Y entonces, aunque con una mentalidad aún primitiva, llega a un gran descubrimiento: la situación en la que el pueblo de Israel y toda la humanidad se encuentran, es en realidad una situación pasajera de «castigo», es decir, una consecuencia de nuestros pecados. Y por lo tanto somos los únicos responsables de lo que nos pasa.
Esta tesis, revolucionaria, tenía una doble ventaja. Por un lado significaba una visión optimista y esperanzadora de la vida. En efecto, al no ser nada de esto querido directamente por Dios sino «situación de castigo», no se trataba de algo definitivo sino provisorio y pasajero, de lo que se podía salir en cualquier momento. Y por otro, llevaba a reflexionar sobre la parte de responsabilidad de cada uno en los males que aquejaban a la sociedad.

Nace el Paraíso
Esta lista de males le sirvió, pues, al escritor sagrado para elaborar un elenco de lo que serían los «castigos de Dios» a los primeros hombres (Gn 3, 14-19). Ella reflejaría la situación en la que toda la humanidad vive actualmente.
Pero aún le faltaba resolver otro problema. Si el mundo, tal como estaba, no era querido por Dios, entonces él no podía seguir consintiendo un mundo así. No era el plan originario de Dios. ¿Y cuál era la voluntad de Dios para el mundo? Quería saberlo exactamente, pues de lo contrario, no sabría cómo actuar.
Y ahí estaba el problema: el autor no lo sabía. Ignoraba cómo debía ser un mundo funcionando según la voluntad de Dios. El sólo conocía este mundo equivocado, y ningún otro.
Entonces, ¿qué hizo, para responder a semejante interrogante? Inspirado por Dios, tomó la lista de males que había compuesto (Gn 3,14-19) e imaginó una situación inversa, de bienestar, en la que no se daba ninguno de ellos. Ese sería el mundo ideal, querido por Dios, y que nos estábamos perdiendo por culpa de nuestros pecados. El resultado de esta elaboración imaginaria fue: el Paraíso.
En efecto, el Paraíso del Génesis no es sino la descripción de un estado de vida exactamente opuesto a lo que el autor conocía y experimentaba todos los días en su vida.

El mundo como Dios manda
Si ahora analizamos, parte por parte, ese Paraíso descrito en Génesis 2,4-25, veremos que corresponde exactamente a lo contrario del mundo que apareció luego del pecado original, y que está contado en Génesis 3,4-24.
En primer lugar, en el Paraíso la mujer ya no es dominada por el marido, sino que es su compañera, su ayuda adecuada (2,1Cool, en igualdad con el varón. El mismo hombre lo reconoce, y por eso exclama: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (2,23). Y es el hombre el que aquí se siente atraído por ella, y forma con la mujer una sola carne (2,24), sin que haya dominio de uno sobre el otro.
No existe la muerte. El hombre podía continuar viviendo para siempre porque Dios, respondiendo al profundo deseo del hombre, había hecho brotar, en medio del jardín, el árbol de la Vida (2,9). Y le bastaba con extender su mano y comer de su fruto, para vivir para siempre (3,22). La muerte, allí, ya no entristecía la vida.
Tampoco en el Paraíso hay dolores de parto, pues ni siquiera existe el parto. Como el hombre ya no muere, tampoco tiene necesidad de engendrar hijos para prolongar la vida más allá de la muerte. No es que el autor piense que existiría una sola pareja. En Adán y Eva estaban simbolizados y representados, en realidad, todos los hombres y las mujeres que nuestro autor conocía, y a los que no quería ver morir.

La propuesta atrapaba
La tierra ya no está maldita. Es fértil y produce toda clase de árboles frutales, exquisitos y llamativos (2,9). Ya no hay sequía, pues el riego está garantizado por un inmenso río que baña el jardín, y que se divide en cuatro grandes brazos (2,10). ¡Nunca un israelita había imaginado tanta agua junta!
El trabajo ya no es más motivo de fatigas y frustración. En el Paraíso la tarea es liviana: cultivar el jardín y cuidarlo (2,15). Teniendo en cuenta la abundancia de agua que había a mano, resulta un trabajo placentero.
Ya no hay enemistad entre el hombre y los animales. Al contrario, éstos existen para acompañar al hombre, y son aquello que el hombre quiere que sean. Por eso se dice que él «puso nombres a todos los animales creados por Dios».
Por último en el Paraíso, Dios ya no infunde miedo. Es amigo de los hombres, «se pasea por el jardín a la hora de la tarde» (3,Cool, y convive con ellos en la mayor intimidad, sin que su presencia sea motivo de espanto ni los haga esconderse.

El Paraíso, esperanza futura
El Paraíso terrenal de la Biblia no es, pues, más que una construcción imaginaria del autor sagrado que, inspirado por Dios, y con su lenguaje popular y campestre, pero de gran profundidad, ofreció a los hombres de su época, para decirles: «es así como le gustaría a Dios que fuese el mundo. El no quiere la dominación del marido. No quiere los dolores de parto. No quiere la muerte, ni la sequía, ni el trabajo opresor que esclaviza, ni la amenaza de los animales, ni la religión del miedo. El quiso el Paraíso. Esto es lo que nos estamos perdiendo».
Pero Dios no cambió de idea, ni cambiará. Para el autor, el Paraíso no es algo que pertenece al pasado, sino al futuro. No es una situación perdida que hay que recordar con nostalgia, sino un proyecto al que hay que mirar con esperanza. Es como el modelo terminado, la maqueta del mundo, que debe construir el hombre con su esfuerzo y su sacrificio. Está colocado precisamente al comienzo de la Biblia, no porque haya sucedido al principio, sino porque antes de proponer nada la Biblia, el hombre debe conocer hacia dónde se encamina.

Hacia un nuevo Paraíso
El Paraíso de la Biblia, con sus árboles frutales, aguas abundantes, trabajos livianos y sin dolores de parto, resultaba atrapante para los lectores rurales de entonces, que debían fatigarse para obtener todo esto. Era un eficaz llamado a tomar conciencia sobre lo que el hombre estaba haciendo con el mundo.
Hoy ese Paraíso ya no llama la atención. Debemos actualizarlo. Para ello, primero hay que elaborar la lista de los males que aquejan a nuestra familia, a nuestra sociedad y al mundo: gente viviendo en condiciones infrahumanas, barrios enteros sin agua, obreros con sueldos miserables, falta de empleos dignos, alimentos contaminados, enfermedades que podrían fácilmente erradicarse, divisiones y peleas familiares, depresión generalizada, muertes injustas...
Luego, tomar conciencia de que se trata de una «situación de castigo» de la cual somos los únicos responsables. Por lo tanto, eliminar el fatalismo, la pasividad y la resignación, y erradicar nuestro famoso: «¡Paciencia, hay que soportar. La vida es así. Es la voluntad de Dios!».
Y finalmente, mirando del revés todos estos males, reconstruir nuestro propio Paraíso, ver cómo deberíamos estar, descubrir lo que nos estamos perdiendo por culpa de nuestros pecados actuales.
El Paraíso es una profecía futura, pero proyectada al pasado. No es un cuento inocente, ni un hecho real que ya pasó, sino el genial recurso que encontró el escritor sagrado para sacudir la conciencia de sus contemporáneos. Y todavía hoy es un proyecto que se yergue, desafiante, a la fe y al coraje de los hombres, que deben concretarlo.
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MensajePublicado: Mie Jul 23, 2008 8:07 pm    Asunto: ¿EXISTIÓ O NO AL PRINCIPIO DEL MUNDO? Responder citando

Quiero aportar a todo ésto:

Dios todo-lo-sabe por lo tanto antes de crear al hombre sabía que eso hiba a pasar, dejó que pasara en otras palabras.

Es como cuando crea a Lúcifer, Él sabía que se le hiba a rebelar porque todo lo sabe; de alguna manera yo aporto al tema "Dios crea el mal; directa o indirectamente eso hace".

Es por ello que dejarle al hombre la posibilidad de elegir es un error no del hombre sino de Dios, Dios todo-lo-puede: él podría haber colocado cualquier tentativa de pecado lejos del alcance del hombre... pero no lo hace y por eso muchos dicen: "Dios pone a prueba al hombre" ¿pero para qué si al fin y al cabo sabe qué es lo que hará y por ende es hacerse trampa al solitario? ---> para esa pregunta los simplistas responden "Solo Dios lo sabe" lo cual me parece poco inteligente de aclarar, pues es un comentario vacío que pone en duda todo posible verdad en lo que respecta a Dios y sus Obras, y sus Creaciones.

Muchos para lo que aclaré quieren asediarlo con "El hombre no es un robot, elige" pues entonces si elije Dios no lo debería castigar: Dios le da la libertad de hacer lo que quiera que no se queje, de otra forma es como aclaré anteriormente: "SE HACE TRAMPA AL SOLITARIO".

Los anteriores párrafos son una importante información que hay que tener en cuenta como agregado a lo que el compañero sobre mí ha colocado con fervoroso esfuerzo y dedicación. Agradezco mi libertad de ser un forista más que puede opinar y dar su agregado.
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