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LA VIRGEN GUADALUPANA Contradicción Permanente

 
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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 8:43 pm    Asunto: LA VIRGEN GUADALUPANA Contradicción Permanente Responder citando

LA VIRGEN GUADALUPANA
Contradicción Permanente

enviado por:
LUIS GONZALEZ DE ALBA

La Iglesia contra el culto guadalupano
Hasta 1648, en que el bachiller Miguel Sánchez escribió el primer relato sobre la Virgen de Guadalupe, nadie había tomado en serio la leyenda de las apariciones ocurridas 117 años atrás. Los siguientes elementos desmentían la creencia popular, vista entonces por la propia Iglesia como expresión del viejo culto pagano a la diosa Tonantzin -venerada precisamente en el Tepeyac-, mezclado con ignorancia y superstición:


1.- El más importante de nuestros historiadores antiguos, fray Bernardino de Sahagún, señala que al predicar el evangelio en náhuatl los religiosos utilizaban como traducción el nombre Tonantzin, para referirse a la madre de Cristo, pero tal nombre, para los indígenas, era el de una diosa madre, venerada también en el cerro del Tepeyac y con las mismas danzas. A Sahagún le resulta del todo inconveniente e1 culto guadalupano, ya que, en su opinión cuando los indígenas escuchaban a los frailes referirse en náhuatl a Tonantzin, pensaban en la diosa de su gentilidad y no en la Guadalupe hispana. Dice fray Bernardino sobre la Guadalupana que parece "una invención satánica para paliar la idolatría", pues "los indios vienen de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin, como antiguamente". En la actualidad muchos indígenas siguen dando el nombre de esa diosa pagana a la Virgen de Guadalupe.


2.- El 8 de septiembre de 1556, ante la Real Audiencia y el virrey, fray Francisco de Bustamante, provincial de la orden franciscana, enrojecido de cólera pronunció un vehemente sermón contra el arzobispo de México, pues "la devoción de esta ciudad ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos…”. Vivía por entonces todavía un indio, buen pintor, llamado Marcos Cipac de Aquino, quien no negó la autoría de la imagen.


3.- El arzobispo, fray Alonso de Montúfar, se defendió en términos que no favorecen nada la leyenda de las apariciones. Respondió a la acusación franciscana "dando a entender que no se hacía reverencia a la tabla ni a la pintura, sino a la imagen de Nuestra Señora por razón de lo que representa". Bien pudo haber sostenido el arzobispo que era legítima la devoción por tratarse de obra divina, de un estampado milagroso, pero la llamó pintura. El propio superior de los franciscanos, Bustamante, se habría referido a la leyenda del milagro, así fuera para combatirla, si por entonces ya hubiera existido. Que no lo haga en su sermón, prueba que la leyenda de las apariciones es muy posterior a esa fecha.


4.- La postura del superior de todos los franciscanos no era novedosa en la Nueva España y hasta fines del siglo XIX siguió habiendo resistencia. dentro de la propia jerarquía eclesiástica, contra la leyenda de las apariciones y el estampado milagroso. Doscientos años después del sermón antiguadalupano de fray Francisco de Bustamante, uno de los precursores de la independencia de México, fray Servando Teresa de Mier, llama a las apariciones leyenda piadosa". Por la misma época, la Inquisición veía con sospecha las intenciones de coronar la imagen y, cuando finalmente se realiza la coronación en 1895, hace poco más de cien años, el obispo de Tamaulipas, monseñor Eduardo Sánchez Camacho, renuncia a su diócesis en protesta, pues considera que el culto guadalupano "constituye un abuso en perjuicio de un pueblo crédulo y en su mayoría ignorante", afirma el obispo.


5.- Pero quizá nada sea tan importante como las palabras del primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, ante quien, según se dice, ocurrió el prodigio de las rosas y cayó de rodillas ante la imagen estampada en la tilma de Juan Diego. En un catecismo llamado Regla Cristiana, compilado por él y editado en 1547, apenas dieciséis años después del gran milagro que había presenciado, dice: "Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester". El piadoso Joaquín García Icazbalceta, biógrafo de fray Juan y estudioso de la Guadalupana, se pregunta espantado: ¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?".

El análisis infrarrojo
El estudio recomendado en el prólogo por el abad (ahora ex abad) de la Basílica de Guadalupe, monseñor Guillermo Schulenburg, La tilma de Juan Diego,¿técnica o milagro?, de Phillip Serna y Jody Smith, es un análisis de la imagen a la luz infrarroja, que pernúte determinar los materiales empleados y observar partes ocultas. Los resultados son desalentadores: los rayos son de oro y se están cayendo, la orla del manto también es de oro y la guía de pintura negra puesta para colocar el oro está descubierta en algunos lugares porque "el artista falló", dicen los autores. Las manos están repintadas para hacerlas más cortas e indígenas. El moño negro y el pelo del ángel son óxido de hierro muy deteriorado, "juzgo que el oro y el borde- negro del manto azul, así como los estrellas doradas, fueron añadidos por manos humanas hacia fines del siglo XVI o principios del XVII. Tales decoraciones son típicas del estilo gótico español...", dice uno de los autores del libro recomendado por la Basílica.

El milagro
Entonces, ¿la propia Basílica de Guadalupe niega el milagro? No. Luego de señalar los errores de la pintura añadida, la torpeza del bordado que no sigue los pliegues, que toda la porción inferior es una añadidura gótica del siglo XVII, que los brazos del ángel son burdos y desproporcionados, que las manos de la Virgen "son la parte más alterada de la pintura", se destaca que aún resta una imagen llamada con insistencia "inexplicable", constituida por el rostro, las manos, la túnica sin el bordado y el manto sin las, estrellas. Esta es la imagen n-milagrosa. 0 sea, ante el evidente, deterioro de la imagen, se decidió reconocer los elementes más dañados o plásticamente más torpes, como añadidos humanos para así salvar el resto como una esencia milagrosa.
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Galeno Zalán
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MensajePublicado: Jue Mar 29, 2007 4:00 pm    Asunto: Responder citando

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Este artículo lo escribí hacia 1999 a raíz del gran escándalo que se armó cuando arreciaron los ataques del Episcopado Mexicano contra monseñor don Guillermo Shulenburg. Entonces mi hermana, sabedora que conozco a fondo el tema, me pidió le dijera de parte quién estaba la razón, del abad o de sus detractores. El objetivo del episcopado era deteriorar la imagen del abad con el fin de hacer caer sobre él el obium plebis y así poder sacarlo de la Basílica que recauda muchos millones de pesos anuales.
_____________


En mayo de 1996, la revista católica italiana 30 Giorni publicó una entrevista con el anciano Abad de la Basílica de Guadalupe monseñor Guillermo Shulenburg en la que éste se refirió al culto guadalupano como producto del sincretismo de viejos cultos prehispánicos y el cristianismo europeo. De Juan Diego dijo que más que un hombre de carne y hueso, es un símbolo.

Al llegar la noticia a México de las declaraciones del Abad, se armó un gran escándalo. La alta jerarquía de la Iglesia Católica lo acusó de antiguadalupano y cardenales, obispos y arzobispos, no lo bajaban de “hipócrita”, “oportunista”, “sibarita amante de la buena vida”, “viejo chocho”, y “mal mexicano”: Sólo faltó que le acusaran de traición a la patria. Algunas organizaciones como la Acción Católica y el Opus Dei se dieron a la tarea de organizar cuadrillas de jovenzuelos fanatizados y un día amanecieron las bardas de las ciudades pintarrajeadas con la consigna de “MUERA EL ABAD”.

Que fueron esas organizaciones quienes organizaron las “pintas” no me cabe la menor duda, pues yo fui congregante mariano y miembro de la ACJM y sé como se las gastan en eso de utilizar a los jóvenes.

¿Pero que hay detrás de todo esto? ¿A quién asiste la razón, al abad o a sus detractores? ¿de parte de quién está la verdad? ¿de los "aparicionistas" que defienden la realidad de las apariciones del Tepeyac o de los "antiaparicionistas" que la niegan?

Veamos:
En 1883, el Arzobispo Primado de México, don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, dirigió una carta al insigne historiador católico don Joaquín García Icazblalceta a fin de que diese su opinión acerca de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. El señor Icazbalceta le responde excusándose de no poder hacerlo argumentando que él no era teólogo sino historiador. Ante los remilgos del docto historiador para externar una opinión, de Labastida le pide, casi le exige, que externara su parecer no como teólogo, sino desde el punto de vista histórico, para terminar diciendo: “te lo pido como amigo y te lo mando como prelado”.

Don Joaquín responde a los requerimientos del Arzobispo en una larga carta fechada el mes de Octubre de 1883. Voy a ser lo más conciso que pueda, tarea harto difícil, al exponer los argumentos lde Sr. Icazbalceta plasmados en su carta.

Según se nos ha dicho las apariciones de la virgen tuvieron lugar del 9 al 12 de Diciembre de 1531. La ciudad de México-Tenochtitlan, fue tomada por las tropas de Hernán Cortés, el día de San Hipólito del mes de Agosto de 1521, apenas 10 años antes de las supuestas apariciones.

En ningún documento del Siglo XVI, en el que supuestamente se realizó el prodigio, se habla de las apariciones. El argumento de mas peso para negar el milagro es el “silencio universal” que gravita sobre los afanes de los apologistas.

Ninguno de los grandes cronistas del siglo XVI escribieron una sola línea sobre las apariciones: ni Bernal Díaz del Castillo, ni Gomora, ni Fr. Pedro de Gante, ni Fr. Toribio de Benavente “Motolinia” (1578), ni ninguno de los que cito a continuación: Muñoz Camargo (1576), el P. Valdés (1579), el P. Durán (1580), el P. Acosta (1590), Dávila Padilla (1596), Tezozomoc (1598), Ixtlixochitl (1600). Ni Hernán Cortés que escribió 13 “cartas de relación” a Carlos V relatándole los acontecimientos, vida cotidiana y costumbres de los indios, escribió nada sobre la Virgen de Guadalupe; ni tampoco le informó del prodigio en las entrevistas personales que tuvo el conquistador en Toledo con el monarca Ni el mismo Zumárraga, supuesto testigo del milagro habla una sola palabra de un suceso en el que se le involucraría un siglo después de su muerte. Ni Fr. Bartolomé de las Casas, protector universal de los indios, escribió nada de un suceso que hubiera beneficiado su causa al aparecer la Virgen a un hombre de cuya raza se discutía su racionalidad. .

Ni en los archivos históricos de México, ni en el Archivo de Indias de España, ni en los del Vaticano se encuentra ningún documento que hable de esa grande merced que el Cielo tuviera para nuestra nación. Tampoco en las actas de los concilios de la Iglesia Mexicana que tuvieron lugar en esa época ha quedado constancia alguna. ¿Cómo es posible que no se diera parte a la Santa Sede de la presencia de la Madre de Dios en México? ¿Por qué no se notificó al Rey Carlos V de que su reino había sido favorecido con la presencia de la Virgen Santísima?. Para el mismísimo virrey de la Nueva España (nombre de México durante la colonia) pasó desapercibido el prodigio. SILENCIO TOTAL.

Algunos de los cronistas más arriba citados, así como numerosas cartas y documentos nos informan que ya, hacia 1556, se veneraba la imagen de la Virgen de Guadalupe en una ermita en el Tepeyac. Pero hay que subrayar que NO SE HABLA DE LAS APARICIONES. Los aparicionistas confunden, interesadamente, la antigüedad del culto guadalupano con las apariciones, y cualquier documento que haga alusión a la ermita es tomado como prueba del milagro. Por ejemplo, cuando Bernal relata que camino al cerro que va al Tepeyac hay una ermita dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, o el pasaje de Sahagún donde habla del culto a Tonanzin en el Tepeyac, o los legados testamentarios de indios y españoles que asignan donativos para la ermita; son tomados por los apologistas como "pruebas" de las apariciones, cuando lo único que nos indican es la antigüedad del culto.

Cuando los conquistadores arrasaban los templos dedicados a las antiguas deidades prehispánicas, sobre las ruinas de los templos demolidos levantaban sus iglesias cristianas y trocaban el culto a los viejos ídolos por la veneración a santos y deidades del cristianismo. Así trocaron el culto del dios del agua, Tlaloc, por el de San Juan Bautista (nótese su relación con el agua). En Tlaxcala había un templo dedicado a Cihuacoatl la abuela de los dioses, su culto se cambió por el de la Sra. Santa Ana, madre de la virgen María y abuela de Cristo. En el cerro del Tepeyac se guardaba culto a Tonantzin, nuestra madre, se trocó por el culto a la Virgen de Guadalupe de Extremadura; Hernán Cortés y gran parte de sus soldados eran extremeños así que no debe extrañarnos su devoción por la virgen española.

Algunos religiosos no veían con buenos ojos el sustituir los viejos cultos paganos por deidades cristianas ya que esta práctica contribuía a perpetuar la idolatría.

A continuación inserto una cita de Fr. Bernardino de Sahagún tomada de su obra Historia general de las cosas de la Nueva España en la que nos deja ver su preocupación por las prácticas simulatorias, a la vez que confiesa ignorar el origen del culto guadalupano.

Dice el P. Sahagún:
« Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares en donde se solía hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de estos está en México, donde está un montecillo que llaman Tepeacac y que los españoles llaman Tepequilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que ellos llaman Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios en honra de esta diosa, y venían a ella de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas las comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían ‘vamos a la fiesta de Tonantzin’; y ahora que está ahí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, tomando ocasión de los predicadores que también la llaman Tonantzin.

De dónde habrá nacido esta fundación no se sabe de cierto; pero esto sabemos de cierto; que el vocablo significa de su primera imposición a aquella Tonantzin antigua; y es cosa que se debería remediar, porque el propio nombre de la Madre de Dios, Señora Nuestra, no es Tonantzin, sino Dios y Nantzin, esta invención satánica para paliar la idolatría debajo de la equivocación de este nombre Tonantzin; y vienen ahora a visitar esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como antes; la cual devoción también es sospechosa porque en todas partes hay iglesias de Nuestra Señora y no van a ellas, vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin como antiguamente.»


(Historia general de las cosas de la Nueva España. Apéndice del libro XI, Editorial Porrúa, Hnos, México 1998, pp., 704 - 705).

Como puede verse, Sahagún no veía con buenos ojos el culto en el Tepeyac, le llama “invención satánica para paliar la idolatría” e ignoraba su origen, en este pasaje muy bien pudo aprovechar la ocasión para hablar del origen divino de la imagen que ahí se veneraba si verdaderamente se hubiese efectuado el milagro, en cambio manifiesta su hostilidad y declara que "es cosa que se debe remediar”.

El padre Sahagún nació en 1500 y murió en México en 1590, llegó a estas tierras en 1529 en un grupo de frailes franciscanos, apenas dos años antes de las supuestas apariciones; trató a Cortés y al obispo Zumárraga, a quienes sobrevivió, por lo que, los tres personajes, deberían conocer la historia de Juan Diego. Desde su llegada se dedicó a hacer acopio de documentos antiguos (códices) y a reconstruir la historia del pasado de México; también se entrevistó con ancianos indígenas y nos relata con paciente minuciosidad, los acontecimientos de su tiempo. Tengo una edición de su “Historia General de las cosas de la Nueva España”, y en sus 1093 páginas, no dedica una sola frase al asunto de las apariciones de la Virgen. Vino a México muy joven a los 28 años de edad y terminó su libro ya anciano en 1576 a los 76 años de su vida y para él pasaron desapercibidas las apariciones. ¿Cómo es posible que un cronista tan meticuloso, que dedicaba espacio en sus narraciones a cosas de relativa importancia, haya olvidado narrar para la posteridad un suceso tan importante para su religión, para la patria que estaban entonces construyendo y la humanidad entera?

Dice García Icazbalceta: «Sahagún vino a México en 1529 y debió de estar bien enterado de la historia de la Apariciones si éstas hubieran acontecido dos años después. Nadie como él trató con los indios: pudo conocer perfectamente a Juan Diego y demás personas que figuraron en el negocio»

En su carta al Arzobispo Labastida, el historiador muestra documentos que son un rotundo mentis para los que sostienen la realidad del milagro. Veamos ahora una cita de la carta de don Joaquín que es de la mayor importancia:

«Dije al principio que en los documentos de la época había más que documentos negativos, y es tiempo de dar prueba de ello... El día de la Natividad de Ntra. Sra., 8 de Septiembre de 1556, se celebró una solemne función religiosa en la capilla de S. José, con la asistencia del clero, virrey, audiencia, y vecinos principales de la ciudad. Encomendose el sermón a Fr. Francisco de Bustamente, principal de los franciscanos, que gozaba crédito de gran orador. Después de haber hablado excelentemente del asunto propio del día, hizo de pronto una pausa, y con muestras exteriores de encendido celo, empezó a declamar contra la NUEVA devoción que se ha levantado sin ningún fundamento “en un ermita o casa de Ntra. Sra. que han intitulado de Guadalupe”, calificándola de idolátrica, y aseverando que sería mucho mejor quitarla porque venía a destruir los trabajos de los misioneros, quines habían enseñado a los indios que el culto a las imágenes no paraba en ellas, sino que se dirigía a lo que representaban, y que ahora decirles que una imagen PINTADA POR EL INDIO MARCOS hacía milagros, que sería de gran confusión y deshacer lo bueno que estaba plantado, porque otras devociones que había tenían grandes principios , y que haberse levantado ésta tan sin fundamento le admiraba: que no sabía a que efecto era aquella devoción, y que al principio debió averiguarse el autor, para darle cien azotes, y doscientos a quien adelante lo dijere: que allí se hacían grandes ofensas a Dios: que no sabía a dónde iban a parar las limosnas recogidas en la ermita, y que fuera mejor darlas a pobres vergonzantes o aplicarlas al hospital de las bubas, y que si aquello no se atajaba, él no volvería a predicar a indios, porque era trabajo perdido. Acusó luego al Arzobispo de divulgar milagros falsos de la imagen...»

Nadie en la capilla de San José levantó su voz para refutar al padre Bustamante y decirle lo que todos, supuestamente, debían saber: que aquella ermita se había levantado a petición de la misma Virgen que se había aparecido a un indio.

Al día siguiente del sermón, el arzobispo Montúfar se propuso levantar una información para ver si el P. Bustamante había incurrido en algún desacato para tomar represalias, ya que él, Montúfar, había sido humillado públicamente. Dice Icazbalceta que:

«Fueron llamados nueve testigos, y de sus declaraciones resulta haber predicado el P. Bustamente lo que hemos dejado referido. Algunos añadieron que él no era el único que pensaba de aquella manera sino que le seguían los más franciscanos: que todos se oponían a la devoción, y aún alegaban contra ella textos de la Sagrada Escritura en que se manda adorar sólo a Dios; aquella ermita, decían, no debía llamarse de Guadalupe, sino Tepeaca o Tepequilla: que ir a tal peregrinación no era servir a Dios, sino más bien ofenderle, por el mal ejemplo que se daba a los naturales, etc.»

En aquel tiempo franciscanos y dominicos andaban de la greña; pero nadie se atrevió a contradecir lo dicho por el P. Bustamante, quien a pesar de su sermón y de la patente animadversión del Arzobispo, fue otra vez electo Provincial en 1560 y después Comisario general.

El sermón del día de la Natividad de María nos revela el nombre del pintor de la imagen: Marcos de Aquino (“el indio Marcos”) cuyas dotes de artista son ensalzadas por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés y eximio cronista, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Las maravillas atribuidas a la imagen pintada en fina tela de algodón, y no en un burdo tejido de ixtle, habrá que atribuirlas al autor indígena. (Recuérdese las supuestas figuras humanas encontradas en los ojos de la virgen)

En su carta García Icazbalceta hace gala de gran cantidad de datos que son veneno para los “aparicionistas”. Es tan abundante la cantidad de argumentos contra la realidad de las apariciones que sería prolijo abundar en ello ; básteme hacer esta última referencia:

«Por aquellos tiempos preguntaba el Rey a don Martín Henríquez cuál era el origen de aquel santuario; el virrey contestaba con fecha 25 de septiembre de 1575, que por los años de 1555 o 56 existía una ermita con una imagen de nuestra Señora, la que llamaban de Guadalupe por decir que se parece a la del mismo nombre en España, que la devoción comenzó a crecer porque un ganadero publicó que había cobrado la salud yendo a aquella ermita. Veamos que el virrey mismo, con tantos medios de informarse y haber dado cuenta al Rey, no alcanzó a saber el origen de la ermita.»

El Rey al que se refiere Icazbalceta es Felipe II. ¿Cómo puede explicarse que el virrey, en 1575 ignorara la historia de las apariciones si estas tuvieron lugar 44 años antes, en 1531?

Después del sermón de Bustamante de 1556, la devoción a la guadalupana se eclipsó y estuvo a punto de desaparecer, pero se dio un suceso que hizo renacer con mayor fuerza el fervor del pueblo mexicano hacia su virgen. Ese suceso vindicativo tuvo lugar en 1648, (117 años después de las supuestas apariciones) y es un librito titulado Imagen de la Virgen María que publicó el padre Miguel Sánchez, en el que aparece por primera vez el nombre de Juan Diego y el relato de las apariciones; de las rosas en invierno y de la maravillosa estampa de la imagen en la tela. El relato está escrito con patente ingenuidad infantil, sobre todo en los diálogos entre la Señora y el indio; es sorprendente como pudo haber sido creída historia tan chabacana aún en un siglo ávido de sucesos fantásticos. Antes del libro del P. Sánchez nadie había oído hablar de semejante cosa.

Si los cronistas del siglo anterior no hablaron de las apariciones es debido a que todavía no se inventaban.

Veamos que dice don Joaquín al respecto:
«Al publicar historia tan peregrina, debiera haber hecho constar con la mayor puntualidad las fuentes de donde la había sacado y no contentarse con esas generalidades tan vagas, calificando de su propia autoridad de “bastantes” unos papeles sin decir cuales ni de qué autor. Contaba con la ingenuidad de sus lectores y en eso no se engaño. Para abusar todavía más de ella y desacreditar por completo su gran arma de la tradición, tuvo la ocurrencia de publicar al fin del libro una carta laudatoria del Lic. Lasso de la Vega, Vicario de la ermita misma de Guadalupe, en la que el buen vecino confiesa sencillamente que “ÉL Y TODOS SUS ANTECESORES” habían sido unos “ADANES DORMIDOS” que habían poseído esta Eva segunda sin saberlo, y a él le había cabido la suerte de ser “EL ADAN DESPIERTO”, lo cual en idioma corriente quiere decir que ni él ni todos los capellanes de la ermita habían sabido palabra del origen milagroso de la imagen que guardaban hasta que el P. Sánchez lo había revelado. El “ADAN DESPIERTO”, o sea el Lic. Lasso de la Vega, tomó la cosa tan a pecho, que al año siguiente, 1649, imprimió una relación, suya o ajena, en mexicano, con lo cual acabó de correr entre los indios la historia del P. Sánchez»

En México acabamos de celebrar el 470 aniversario de las “apariciones” del Tepeyac, durante estas fiestas visitaron la Basílica donde se guarda el ayate, mas de 8 Millones de personas y en la noche del día 11 y madrugada del 12 de diciembre, acudieron a cantar las “Mañanitas” a la Virgen Morena, un millón de creyentes que abarrotaron el templo, el atrio, el cerro y calles adyacentes. Es de esperarse que la casi segura canonización de Juan Diego, atice aún más el fervor del pueblo por su Virgen.

Como desde antes de la llegada de los europeos, danzantes indígenas venidos de muy lejos, bailaron días y noches en honor de su Tonantzin.

Galeno Zalán
Monterrey. Nuevo León, México

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